-¿Qué es lo que ves, jefe?
-¿A qué viene esa pregunta? Aquí no hay nada; solo este bar, tú, yo y un vacío blanco interminable.
-¿Y eso que te dice?
-Obviamente estamos en un sueño.
-Vaya, jefe; debes ser investigador o algo así. Además de lo obvio, ¿qué es lo que ves?
-Ya he estado aquí antes; siempre es el mismo lugar. Yo estoy aquí, y tú estás ahí, y siempre me preguntas lo mismo.
-Entonces es un sueño recurrente. ¿Pero por qué sueñas esto?
-Estamos vestidos de coctel, así que es alguna escena de película donde tú me seduces mientras yo te saco información.
-Eso explica el vestido escotado; entonces, detective, ¿qué quieres saber?
-No lo sé...
-Es tu sueño, jefe; ¿qué información tienes? ¿qué es lo que ves?
-El lugar, y mi vaso, siempre están vacíos. Pero tu escote está muy lleno.
-Y este sueño es tu triste excusa para verme los pechos. Misterio resuelto.
-No te preocupes; sé que no son reales.
-Idiota.
Engreída.
Cerdo.
Bruja.
Solipsista.
Amargada
...
..
.
JEFE, DESPIERTE.
En un despacho desordenado, el investigador se despierta, y despega su rostro del escritorio mientras su asistente, la mujer del sueño, le ofrece una taza de café en tono y ropa casual.
-Jefe, ya va a ser hora de su "junta de los viernes".
-Por qué me despiertas... Como si disfrutara ir a hablar con esos animales.
-Porque para eso me pagas. Además, supongo que cualquier cosa ahí afuera es mejor que tus sueños.
-No sabes eso; de hecho, el que interrumpiste era especialmente agradable: estábamos tú, yo y un escote gigante...
-Y este sueño es tu triste excusa para verme los pechos. Misterio resuelto.
-Sabes, me caes mejor cuando estoy dormido.
-Y tú me caes mejor cuando me pagas. Ahora a trabajar; esos sobornos no se negocian solos.
El policía toma su chaqueta, y se prepara para salir.
-Jefe.
-¿Qué pasa?
-Tu café.
-Oh. Gracias.
-A ti; ahora mis esfuerzos por mantenerte despierto no serán en vano.
-A tu salud, entonces.
Se toma el café de un sorbo, deja la taza y se despiden uno de otro con una sonrisa socarrona, aunque con mirada honesta.
El policía llega a un establecimiento llamado "Los Viernes": es un table dance de tamaño importante, con puertas de ébano de tres metros y luces de neón anunciándolo por todos lados. Es recibido por un Gorila en la entrada; al verlo, el gorila le abre una puerta oculta por la izquierda de la entrada principal. En el interior, viendo como mujeres con cabeza de elefante bailan en las pistas, un Cerdo, un Lobo y un Tigre lo reciben en una mesa:
C: ¡Jaime! Pensamos que no ibas a venir en esta ocasión.
J: Discúlpenme, caballeros; el tráfico.
L: Es una muy mala excusa para las dos de la mañana, ¿no lo crees?
J: Nada de eso; esta es la hora pico para los que llevan a esconder cuerpos en sus cajuelas. De hecho, esperaba encontrarte en el camino, Toño...
T: Directo a la acusaciones, como siempre. Te lo vuelvo a repetir: esos no son mis hombres.
J: Vuélvemelo a repetir de nuevo cuantas veces necesites, mientras me digas quiénes son. No me importa si son tus hombres o no.
C: Tranquilos, muchachos, tranquilos; hay más cosas que discutir en la agenda. Y tú, Jaime, vienes de un genio especial el día de hoy.
J: Perdonen, Cesar, Toño: he tenido problemas de sueño esta semana.
L: Espero no sean también problemas de consciencia...
J: Tranquilo, Luis. Esos problemas están en mi cajuela.
C: De acuerdo, comencemos. ¿Qué nos traes hoy, Jaime?
J: Lo de siempre: indultos ridículos a cambio de su total rendición y cooperación.
L: Y la respuesta es la de siempre: les daremos a los peces gordos mientras nos dejen en paz.
J: Vamos Luis, esto no va a seguir por siempre y lo sabes; es un buen momento para los planes de retiro. La oferta de hoy es especialmente generosa: dependiendo de los términos a los que acepten, tal vez ni siquiera tengan que pisar la prisión. El resto de sus días.
L: No me hables de retiro, Jaime; me haces sentir más viejo. Qué opinas, Toño: ¿Ya estamos viejos para esta mierda?
T: Nada de eso, Luis: estamos en la "flor de la madurez".
C: En resumen, es un nuevo "gracias, pero no". Sabes el trato, Jaime: "Somos una extensión del brazo del órden". Nosotros ponemos las reglas en donde ustedes no alcanzan.
J: Y por supuesto, hay que pagar por tal concesión...
T: Directo al hueso; ¿cuánto va a ser esta vez, oficial?
J: Lo usual, caballeros. "Dios ama al que da con alegría".
L: "Pide y se te dará"; lo que me recuerda, ¿cómo vas con nuestra petición?
J: Oh, ya te la sabes, Luis: mucha burocracia, mucha corrupción. Y además está el carácter de la Fiscal: ni con todo su dinero, drogas y mujeres podrán cambiar su resolución de hacerles un nuevo círculo en el infierno.
L: Todos tienen su lado, Jaime: sólo queremos irnos de aquí, tanto como ustedes nos quieren echar. Consíguenos esos permisos de construcción, y cuando la nueva ciudad arranque, los dejaremos a ustedes y a todos sus burócratas en paz.
J: No olvides al buen sirviente, Luis...
L: -Y tú, serás generosamente recompensado.
J: Gracias, Luis. Y Cesar: ¿qué rumores me traes?
C: Unos muy curiosos: una Palomita me dijo que los Buitres rondan por la carroña.
J: Vaya; diría que es algo muy estúpido, si no hubiera llegado yo a la misma conclusión. Hemos buscado en la carroña por meses, Cesar: no hay buitres ahí.
C: Oh, pero eso es obvio, Jaime; los buitres no se acercan a la carroña de las hienas: nunca los verás con policías tan poco discretos como los tuyos. Estos buitres en específico son especialmente calvos: sus cuellos no toleran el sol, si sabes a lo que me refiero.
J: Veo para dónde vas; esta palomita tuya, ¿algún día me la presentarás?
C: ¿Y traicionar su confianza? Tal vez cuando todo esto acabe; en serio disfrutarás conocerla, si sabes a lo que me refiero.
J: De acuerdo. Y dicho todo esto, hay algún otro pendiente?
L: Nada por mi parte.
T: Ni por la mía.
C: Entonces, se levanta la sesión. Nos vemos en una semana, como siempre. Y Jaime, esperamos ver un poco más de resultados para la ocasión.
J: Así sea, caballeros. Duerman bien.
Todos se levantan de la mesa; dos mujeres elefante escoltan a Jaime por el pasadizo por donde entro, se despide del gorila y sube a su auto, de regreso a la oficina.
Toca a la puerta, y nadie le contesta: Jaime quita una maceta de la entrada, levanta un azulejo, resuelve un juego de destreza y saca de él un alambre especialmente torcido, que usa para abrir. En el interior su asistente duerme recargada sobre el escritorio, completamente limpio y ordenado. El investigador se quita su gabardina y cubre a su asistente desde los hombros: luego la levanta en brazos para recostarla en un sofá extendido. Se quita los tirantes del pantalón y entra en su salita de lectura: un reducido cuarto redondo, rodeado de libreros y con un sofá rojo al centro, junto a una mesa redonda y una lámpara de mesa. Cierra la puerta, toma un libro y lo abre en un separador, esperando a que el sueño lo venza.
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